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Miércoles 26 de abril de 2017

VIDEO | La aterradora escena con la que Jonathan Demme espantó al mundo en 1991

Hasta el día de hoy, una secuencia específica de El Silencio De Los Inocentes sigue siendo capaz de poner los pelos de punta.

Por Ignacio De La Maza

El sentido común indica que la Academia no siente mucho cariño por las películas de terror. El odio de los Oscar al género va más allá del argumento de 'es que son muy malas': también hay dramas y películas de acción pésimas, pero no ves la misma discriminación que existe con el horror. 

La última (y única) cinta del género en llevarse la estatuilla máxima a Mejor Película fue 'El Silencio De Los Inocentes', que en 1992 arrasó con todas las categorías principales en la premiación, incluyendo Mejor Actor para Anthony Hopkins, Mejor Actriz para Jodie Foster y Mejor Director para el recientemente fallecido Jonathan Demme.

Algunos argumentarán que la película ni siquiera califica derechamente en la categoría de 'horror'. Esos 'algunos' están brutalmente equivocados, en todo caso. La primera vez de Hopkins como el psicópata Hannibal Lecter es de esas películas responsables de haberle provocado pesadillas a múltiples generaciones, a veces con algo tan simple como su diálogo y construcción de escenas  (hay algunos que todavía nos intentamos recuperar de la primera vez que Anthony Hopkins pronuncia una palabra en la cinta) y otras con pequeñas explosiones de brutalidad que se sentían como un golpe en la cara en medio del elegante sentido de amenaza que caracterizaba a la cinta.

Más importante: El Silencio De Los Inocentes es alberga quizás la escena más aterradora de los años 90, una pequeña clase de horror en menos de 3 minutos. Demme entendía, como muchos directores modernos están recordando, que el terror más insacudible no proviene de shock barato o sustos sorpresivos, sino que de presentar una situación escalofriante y prolongarla hasta que el corazón no pueda palpitar más rápido y la audiencia esté al borde de un ataque de pánico.

Así lo consigue Demme en el inolvidable clímax de la cinta: Clarice Starling (Foster) ha entrado al sótano de Buffalo Bill (Ted Levine), el perturbado asesino que ha estado persiguiendo durante las últimas dos horas. Sin embargo, Starling se da cuenta rápidamente que está en desventaja: Bill ha previsto esta situación, e inmediatamente corta la energía del lugar, dejando a la agente del FBI en absoluta oscuridad.

Durante los siguientes dos minutos, la película adopta principalmente una perspectiva de primera persona, con el desquiciado psicópata usando una cámara de visión nocturna para espiar a su persecutora, a solo centímetros mientras Foster evoca un pánico profundo en su expresión. La escena es horrorosa e incómoda al mismo tiempo: Bill no mata a Clarice inmediatamente porque disfruta de su miedo, juega con su preza mientras la respiración de ella se vuelve cada vez más acelerada, la cámara de Demme se vuelve de una perspectiva depredadora para capturar el rostro desesperado de su inminente víctima. Incluso acaricia su cabello, mientras Clarice tantea ciegamente su alrededor, pistola en mano, jadeo intenso, más vulnerable de lo que la habíamos visto en toda la cinta.

Finalmente, siguiendo un largo historial de villanos en el cine, la confianza de Buffalo Bill termina significando su caída: Cuando carga lentamente su revolver para volarle la cabeza a la agente del FBI, Starling escucha la pista sonora que necesitaba y descarga su arma en el cuerpo de quien estuvo a punto de ser su asesino. Es un momento en donde Demme siente piedad de su audiencia y la deja respirar de nuevo: La heroína triunfa y el asesino está muerto. Sin embargo, los minutos para llegar a ese momento fueron ganados con sudor.

En el día en donde perdimos al gran director, recordamos lo que quizás es su mejor momento:

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