Sonar FM

Descarga la app de Sonar FM

Click acá para ir directamente al contenido

Martes 7 de marzo de 2017

Reseña - T2 Trainspotting y el precio de la nostalgia

La secuela del clásico de 1996 nunca iba a superar a la original, pero ese parece ser precisamente el punto del regreso de Renton y compañía.

Por Ignacio De La Maza

Hay un momento, cerca de la mitad de T2 Trainspotting, en donde Mark ‘Rent Boy’ Renton (Ewan McGregor) repite su icónico discurso de ‘Elige La Vida’ de la primera película, aunque es inevitable sentir que algo falta. No es que el discurso sea malo, pese a forzadas referencias a Snapchat e Instagram que le quitan ingenio. McGregor lo vende de forma convincente, su expresión facial pasando de una sonrisa sardónica a un lamento burbujeante que se vuelve imposible de esconder. El problema es que la escena representa uno de los tantos momentos en que el director Danny Boyle y el guionista John Hodge intentan recapturar la irreverencia imparable de la anterior cinta, esfuerzos loables para los fanáticos de ese clásico de 1996 pero que inevitablemente invitan a comparaciones en donde T2 nunca saldrá airosa.

Solo después de un rato, lo que inicialmente parece ser la gran falencia de esta secuela empieza a revelarse como su idea más poderosa. Después de todo ¿En qué mundImagen foto_00000004o Trainspotting 2 iba a estar a la altura de la original, una película que marcó a toda una generación con su sincretismo entre excesos juveniles y el lado más oscuro de la vida urbana? T2 parece reconocer su batalla perdida invitando al público a recordar constantemente a su antecesora, pero encuentra una forma de hacer que la sombra de esta se sienta como una elección narrativa que resulta en un trago amargo pero extrañamente conmovedor con viejos conocidos.

La historia se gatilla luego de que Renton regresa a Edimburgo tras 20 años, inspirado por una crisis personal y el desmoronamiento de la vida que construyó luego de dejar la heroína, para reconciliarse con los amigos que traicionó hace 2 décadas.  Ahí encuentra a Spud (Ewen Bremner), todavía adicto y con tendencias suicidas por su incapacidad de adaptarse al mundo real; Simon ‘Sick Boy’ Williamson (Johnny Lee Miller, quien, como McGregor, no parece haber envejecido ni un día), ahora dedicado a extorsiones y prostitución y guardando un profundo resentimiento por Renton; y finalmente Franco Begbie, recién escapado de la cárcel y motivado por una ira asesina contra su regresado ex amigo.

Los personajes de Trainspotting 2 están obsesionados con el pasado y embriagados con su propia mitología, pese a que está claro que esta época que tanto glorifican les arruinó la vida. Entre arrepentimientos públicos y secretos, pecados no pagados y movidas desesperadas, todos intentan darle sentido a una existencia que los tiene atrapados en respectivImagen foto_00000003os callejones sin salida. Antes eran asechados por un sistema indiferente a sus adicciones; hoy por la sombra de la vejez, la muerte y una vida mal gastada. Incluso la banda sonora consiste en referencias quejumbrosas y quebradas a las canciones que antes sonaban tan enérgicas en la primera película. Es en estos momentos en donde las constantes referencias a la primera cinta dejan de parecer un intento desesperado por recapturar glorias pasadas y empiezan a sentirse como un comentario sobre este mismo acto. T2 cuestiona la necesidad de su propia existencia y también la constante insistencia de los fans de hacerla a través de la tóxica necesidad de sus personajes de mirar hacia atrás.

Esta vez la acción es más moderada, apropiado para hombres que entienden lo fácil que traiciona el cuerpo cuando se envejece. No hay ninguna escena que vaya a provocar tanto shock como cierta exploración de alcantarillas en Trainspotting 1 o la muerte de un infante por negligencia. Hay consumo de sustancias ilícitas, pero este es más controlado y lastimero, y mucho menos estilizado. Es casi como si Boyle quisiera dejar en claro el error garrafal en que caen los que glorifican la cinta de 1996 por los excesos exhibidos en pantalla y no entienden a las almas destruidas detrás de ellos.

Por supuesto, Danny Boyle sigue siendo un director fantástico, por lo que Trainspotting 2 nunca deja de verse vibrante y estilizada, con un montaje frenético, ángulos de cámara desorientadores y colores eléctricos que le dan vida a una Edimburgo que se siente mucho menos protagónica que la última vez que vimos a estos 4 corriendo por sus calles, pero sigue siendo una mezcla adictiva entre elegancia y decadencia urbana.

Boyle también le saca lo mejor a las actuaciones de sus actores, todos escondiendo dolor y amargura en sus ojos incluso en los momentos en donde te están sacando risotadas (una parada en una convención de fanáticos protestantes que resulta en una improvisada canción anti-católica llenará de alegría hasta al más cínico de los corazones). Imagen foto_00000005McGregor y Miller son particularmente inspirados, pero hay que hacerle una mención honrosa a la debutante Anjela Nedyalkova como la novia búlgara de Sick Boy, quien dota de humanidad y sus propios secretos dolorosos a un rol poco desarrollado por el guion.

Notarán que todavía no entro en detalles sobre la trama que llena las 2 horas de Trainspotting 2, y es que las escenas, por más inspiradas que son (y muchas vaya que lo son), jamás confluyen en una narrativa concreta. La película es más efectiva registrando momentos singulares: La mencionada convención protestante, la reconexión de amistad (con reservas) entre Renton y Sick Boy, la búsqueda de Spud por encontrar una adicción que no le vaya a quitar la vida, un club nocturno lleno de colores, un rencuentro familiar, un cuarto que ha sido conservado tal como estaba durante las últimas 2 décadas y una persecución nocturna por Edimburgo.

T2 paga el precio por la nostalgia: La cinta no funciona si no estás encariñado con la primera Trainspotting (y para fortuna, somos millones los que sí lo estamos). La película está necesariamente atada con su primera parte a tal punto que es virtualmente imposible disfrutarla como una obra auto-contenida. Probablemente Boyle y los actores no lo habrían querido de ninguna otra forma. La cinta está lejos de ser perfecta y su impacto cultural será obligadamente reducido en comparación al clásico noventero que la inspiró, pero es brutalmente efectiva como una reflexión sobre la forma en la que los fantasmas del pasado moldean el presente. En esta ocasión el subtexto político está casi ausente, reemplazado por la intimidad (algo incómoda) de un encuentro con viejos amigos que no veías desde hace décadas: La velada recordando glorias pasadas es disfrutable, pero hay algo agridulce en ver las arrugas en sus caras y entender que el tiempo viene a buscarnos a todos. Ojalá haberlo aprovechado para cuando llegue ese momento.

SEGUIR LEYENDO