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Miércoles 21 de marzo de 2018

RESEÑA | Gorillaz en Chile: Fiesta del apocalipsis

Pese a un sonido un tanto saturado, Damon Albarn presentó un espectáculo de categoría que fue recibido con euforia absoluta por 15.000 personas.

Por Ignacio De La Maza

FOTOS: Jaime Valenzuela

Damon Albarn obtuvo del Movistar Arena una recepción que generalmente se reserva para bandas juveniles. Ya saben, ese griterío de emoción pura que recibe a grupos como One Direction o Backstreet Boys, lo que no deja de sorprender. El ruido ensordecedor de la audiencia cuando el músico británico pisó el escenario pareció tomar por sorpresa a los propios Gorillaz, quienes comenzaron a calentar la introducción a ‘M1 A1’ (y ese perturbador y efectivo simple a ‘Day Of The Dead’ de George A. Romero) mientras los asistentes que repletaron el recinto del Parque O’Higgins seguían gritando  a tal punto que equiparaban el volumen de lo que hacían los músicos.

Y es que ha pasado algo desapercibido, pero en los últimos años Albarn ha entablado una relación efusiva con sus fans chilenos, una que rivaliza el amor hacia Mike Patton o Eddie Vedder. Desde la primera visita de Blur en el 2013, cada concierto de Albarn ha generado una reacción más eufórica, pero lo de ayer no dejó de sorprender. A diferencia de Blur, Gorillaz no es una banda con un arsenal de hits infinito, pero el público coreó ‘Rhinestone Eyes’ y ‘Every Planet We Reach Is Dead’ como si se tratasen de himnos de toda la vida.

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Da la impresión de que, de sus múltiples proyectos paralelos, Gorillaz es el que le da mayor gratificación a Albarn, quizás porque le permite enterrar su ego y desaparecer en la música de formas en las que Blur o The Good, The Bad & The Queen hacen casi imposible. Con una sonrisa de oreja a oreja durante la hora 45 minutos de presentación, el tipo se pasea entre guitarras, sintetizadores, piano y hasta una ‘keytar’ mientras cede el foco a sus múltiples colaboradores. De La Soul (quienes tocan en Chile el domingo) se robaron el show y el amor del público durante sus apariciones en ‘Superfast Jellyfish’ y ‘Feel Good Inc’, mientras que Peven Everett demostró ser el arma secreta de la noche gracias a su carisma innato en ‘Strobelite’ y a su imitación casi calcada de la parte del fallecido Bobby Womack en ‘Stylo. Más impresionante fue aún la participación de Little Simz, que tomando el micrófono en ‘Garage Palace’ convirtió un bonus track poco difundido en una de las mayores fiestas de la noche. Incluso una composición nueva, llamada ‘Hollywood’ y que contó con la voz pregrabada de Snoop Dogg, fue recibida como otro clásico más.

En esa última se vio una de las claves del show: La audiencia era absolutamente devota al evangelio de Gorillaz, y con eso nos referimos a toda y cada una de las canciones de la agrupación. La música de la ‘banda virtual’ creada por Albarn y el fundamental dibujante Jamie Hewlett en 1998 siempre ha sido más densa y siniestra de lo que su popularidad sugiere, pero incluso temas menores como ‘Charger’ y ‘Every Planet We Reach Is Dead’ provocaron que el público se volviese absolutamente loco. Es un testamento del poder que tiene el repertorio de Gorillaz, que siempre se ha planteado bajo sus propios términos, combinando una amalgama infinita de estilos y propuestas, y aun así ha conquistado los oídos de miles de personas.

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El entusiasmo de Albarn por esas composiciones es contagioso. Hay un espíritu similar entre el músico y David Byrne, que se presentó unos días antes en Lollapalooza Chile: Ambos parecen ser verdaderos amantes de la música que persiguen su musa a cualquier lugar, por más excéntrico que sea el destino. Solo así se explica que el hombre que alguna vez fue considerado uno de los compositores más emblemáticos del britpop haya dado un salto hacia el hip hop experimental y la música étnica, acompañado de dibujos de una banda técnicamente ficticia y rodeándose de algunos de los nombres más fascinantes del hip hop y el R&B.  

En entrevistas en promoción de su álbum ‘Humanz’ (El disco cuya gira trajo a Gorillaz a Chile), Albarn describió el trabajo como ‘una fiesta para el fin del mundo’, inspirado por las tensiones tras la elección de Donald Trump en Estados Unidos y la aprobación del Brexit en su natal Inglaterra. Sin embargo, todos los álbumes de Gorillaz han sonado más o menos como ese concepto: beats y sintetizadores escondiendo un espíritu tan melancólico como macabro (solo acuérdense de lo alienígena que sonaba una canción como ‘Clint Eeastwood’ en el 2001).  Las mismas visuales de Hewlett, que se proyectaron durante casi todo el concierto, han sugerido siempre historias distópicas de violencia, corrupción, control corporativo, desastres naturales y males más allá de la comprensión humana. De todos modos, Albarn enfrenta estas ideas con entusiasmo, uno que inevitablemente se pega en todos los presentes. Sí, el sonido fue algo saturado, pero cuando te presentan un espectáculo como el de Gorillaz, es algo mezquino quejarse. Cerrando con el delicioso espíritu de los Beach Boys en ‘Don’t Get Lost In Heaven’ y ‘Demon Days’, Albarn dejó en claro que no hay escenario post-apocalíptico que le impediría montar una fiesta. Y la de ayer fue una de las más grandes que hayamos visto en el último tiempo.

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