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Martes 9 de mayo de 2017

Columna - En defensa de 'Prometeo', ad portas de 'Alien: Covenant'

La épica cinta de ciencia ficción está lejos de ser una obra maestra, pero tampoco es el desastre que se pintó en el 2012. La revisamos de cara a la nueva Alien.

Por Ignacio De La Maza

Cuando se estrenó a mediados del 2012, Prometeo se vio enfrentada a expectativas imposibles. Se trataba del regreso del gran Ridley Scott a la ciencia ficción, el género que lo consolidó a comienzos de los 80 como uno de los cineastas más creativos, originales e ingeniosos de todos los tiempos. Pocos directores han comenzado su carrera de una forma más ambiciosa, grandilocuente y ajena a todo lo que se estaba haciendo durante su época. Scott arrancó su trayecto despachando dos de las películas más cargadas de ideas que el género haya visto en la pantalla grande: Alien (1979) y Blade Runner (1982). Prometeo era su anunciado retorno triunfal al cine de ciencia ficción de grandes ideas y aún más grandes efectos especiales, y no solo eso: Era promocionada como una especie de 'precuela' de Alien, y las expectativas de los fanáticos iban acorde a eso.

Sin embargo, cuando la película llegó a cines en todo el mundo, la respuesta fue una especie de respiro resignado. La crítica fue tibia y el público también, pero rápidamente comenzó a predominar que la película era un desastre de proporciones bíblicas, un mamotreto incoherente y pretensioso lleno de hoyos en de trama, diálogo grandilocuente pero vacío, preocupaciones teológicas poco desarrolladas y decisiones inexplicables de sus personajes: ¿Por qué científicos experimentados decidían interactuar sin precauciones con la fauna posiblemente hostil de un planeta desconocido? ¿Por qué geólogos con acceso a tecnología futurista se pierden en una cueva? ¿Por qué una mujer intentó evitar ser aplastada por un pilar cayendo en su dirección corriendo en exactamente esa misma dirección? ¿Por qué el hombre que envió a la nave titular al planeta desconocido mantuvo en secreto que estaba viajando con ellos? ¿Por qué no había nada parecido a un Alien hasta los últimos segundos de la cinta? (Eso es una crítica de fanático, pero igual).

Para quienes no recuerdan, un pequeño refresco de la trama: La cinta seguía a un grupo de científicos que viajaban en una misión interplanetaria tras encontrar en la Tierra coordenadas que parecían indicar el lugar en el universo de donde surgió la vida. Por supuesto, lo que descubren una vez que desembarcan ahí es algo mucho más macabro, involucrando el hecho de que nuestros 'creadores' no están tan felices de vernos de nuevo y, de hecho, parecen haber invertido demasiado tiempo en buscar formas de eliminarnos, resultando en la invención de una misteriosa plaga química que causa estragos en la tripulación. 

Yo mismo recuerdo haber salido de la sala de cine con gusto a poco. No por todos esos mencionados hoyos de trama (los cuales no me parecían tan horrorosos como a otras personas), sino porque sentía que Scott tenía un montón de ideas increíbles que no conducían a una película satisfactoria. Básicamente, lo que sentía decepción. Sin embargo, lo que pasó después fue la primera señal del poder oculto de Prometeo: Estuve discutiendo la cinta con mis amigos hasta altas horas de la madrugada, disecando cada momento y tratando de darle respuesta a las preguntas que planteaba. Ninguno de nosotros concluyó estar satisfecho con la película, pero ninguno recordaba haber debatido con tanta efusividad una producción de ese calibre a segundos de que empezaran a rodar los créditos. Poco después, me forcé a ver la película de nuevo. Después de todo, habían suficientes pistas de que, pese a mis reparos iniciales, se trataba de algo especial, una producción digna de ver con ojos más abiertos.

Esa es una de las diferencias de Prometeo con otras cintas que son realmente mediocres: Sus misterios sin resolver eran dignos de ser conversados, sus supuestos 'hoyos de trama' invitaban a ser racionalizados. Habían demasiadas cosas en la película que parecían haber sido pensadas hasta el más ínfimo detalle (Scott sigue siendo un maestro de la atmósfera y construcción de mundos) como para simplemente asumir que sus incoherencias eran, bueno, incoherencias. Películas menores juegan al misterio pero son tan tediosas que apenas te dan ganas de pensarlas cuando sales del cine; Prometeo se quedaba en tu cabeza por varios días.

Puede que su narrativa no haya sido perfecta (Damon Lindelof, escritor del guion y también guionista de Lost, nunca se ha topado con una inconsistencia que no pueda simplemente saltar), pero la mejor ciencia ficción siempre ha estado asociada a ideas complejas, y Scott es experto en envolver sus preocupaciones filosóficas en espectáculos macabros. Prometeo es una película imperfecta, pero nadie la podría acusar de liviana: Sus reflexiones sobre la naturaleza de la creación, la fragilidad del ser humano, la inteligencia artificial y la existencia de un universo indiferente, cruel y activamente hostil son mucho más elaboradas y profundas que el 99% de los blockbusters de Hollywood.

Más importante, pese al innegable número de personajes que básicamente constituyen carne de cañón (o sea, el guion solo los considera para ser asesinados de forma brutal), Prometeo incluye una de las mejores creaciones de la ciencia ficción moderna en la forma de David, el androide que acompaña a la tripulación de la nave titular. Encarnado por Michael Fassbender, David es una figura fascinante. Como prototipo de las inteligencias artificiales que son más prominentes en la saga de Alien, Fassbender interpreta a David como una figura de eterna curiosidad, que a veces parece exhibir una intriga casi infantil por lo que sucede a su alrededor, la cual eventualmente evoluciona en un impulso mucho más siniestro. A diferencia de los kilos de exposición que la película a veces peca de sobreutilizar, Prometeo nunca tiene que volver explícito el arco de David de androide en búsqueda de su identidad a máquina homicida con un desdén profundo por aquellos que se consideran superior a él: Fassbender actúa ese arco solo con sus expresiones faciales y gestos. 

David también es la mayor encarnación de los temas que obsesionan a Scott, principalmente aquellos sobre la creación de vida y la posibilidad de que los creadores sean tan imperfectos como sus creaciones. No hay duda de que Prometeo es una película profundamente religiosa, pero la forma en la que plantea su sentimiento teológico es adictivamente perversa: Resulta que los 'Ingenieros' que crearon a la humanidad son seres caprichosos que ahora buscan nuestra aniquilación, y que su intento por crear una 'solución' contra nosotros resultó en algo que ni ellos pueden controlar (Spoiler: tiene que ver con Aliens). Por su parte, la tripulación de la nave Prometeo cruza la galaxia para encontrar el sentido de la vida (y en el caso de un tripulante, la forma de extender la existencia) y a cambio se encuentran con la muerte más horrorosa que podrían imaginar. Incluso la protagonista de la película, Elizabeth Shaw (Noomi Rapace) lleva un crucifijo en el cuello y queda embarazada pese a ser infertil, aunque rápidamente descubre que lo que hay dentro de ella difícilmente podría ser considerado 'un milagro'.

Estas obsesiones están envueltas en el clásico toque de Scott para visuales impresionantes. El planeta en donde aterriza la nave Prometeo es fantásticamente misterioso, sugiriendo un posible paraíso que fue estropeado por una catástrofe difícil de poner en palabras. Al igual que en Alien, el director también encuentra formas de sugerir un inminente cataclismo macabro incluso antes de que comience el baño de sangre (y vaya que comienza: las mutaciones que eliminan a los personajes son de las imágenes más perturbadoras de toda su filmografía), con una arquitectura siniestra y una atmósfera opresiva y gótica que básicamente grita que se viene una tragedia incluso en medio de conversaciones casuales. La propia nave titular es claustrofóbica en su diseño arquitectónico, similar a la icónica Nostromo en la primera Alien. Lo único que no hace justicia al sentido visual magnífico de Scott son los 'monstruos' en sí: Ninguna criatura introducida le hace el peso al icónico monstruo de Alien, mientras que los 'Ingenieros' parecen versiones extraterrestres y pálidas de Vin Diesel. 

De todos modos, Prometeo es una película mucho más interesante de lo que frecuentemente se le da crédito. Sí, hay personajes que toman decisiones brutalmente idiotas y muchos de los misterios que plantea su trama se dejan en pausa para una eventual secuela (que llegará en la forma de Alien: Covenant), pero incluso sus fracasos son producto de una genuina ambición por crear algo único y que estimule la imaginación, y eso no es algo que puedan decir otras películas de alto presupuesto similares (¿Alguien vio el remake de Ghost In The Shell? Mejor que no).

Las primeras reseñas de 'Alien: Covenant' (que se estrena en Chile el 18 de mayo) sugieren que representa una mejora sobre Prometeo y pone esa película en una mucho mejor perspectiva, dándole contexto a algunos de sus momentos más insólitos. Sin embargo, siempre hubo una gran película dentro de Prometeo, una que, si bien se podría haber beneficiado de conexiones más explícitas con el siempre fascinante universo de Alien, si comparte una de las obsesiones más magníficas de esa saga: La desolación ante fuerzas que somos incapaces de comprender y que no podrían ser más indiferentes a nuestras plegarias. No es  particularmente levantador de espíritu, y Prometeo no siempre lo expresa de la forma más clara, pero cuesta encontrar cineastas con la valentía de Scott para presentar este mensaje de forma más espectacular. 

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