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Miércoles 27 de noviembre de 2019

RESEÑA | Martin Scorsese entierra a las películas de criminales con la magnífica y trágica 'El Irlandés'

Reunido con Robert De Niro y Joe Pesci por primera vez desde 1995 (y dirigiendo a Al Pacino por primera vez), el cineasta ofrece una elegía dolorosa a un género del cine que él mismo ayudó a perfeccionar.

Por Ignacio De La Maza

Hay un momento, cerca de las 2 horas y media  de ‘El Irlandés’, en donde Martin Scorsese empieza a revelar lentamente su juego. Se ha tomado su tiempo para llegar a este momento, y si no has estado prestando suficiente atención, puede que hayas confundido todo lo que lo ha precedido como otro más de los fascinantes y grandilocuentes estudios del cineasta sobre el submundo criminal. Sin embargo, algo se ha sentido un tanto extraño durante toda la cinta. Quizás es que, si bien el montaje de la eterna Thelma Schoonmaker sigue siendo ambicioso, dinámico y perfectamente calibrado, ‘El Irlandés’ no se ha movido con el frenetismo exhilarante de ‘GoodFellas’ o ‘The Wolf Of Wall Street’. Quizás es que, por más que se ha utilizado tecnología de punta para ‘rejuvenecer’ el rostro de estrellas históricas como Robert De Niro, Al Pacino y el retornado Joe Pesci, ninguno se ve, suena ni se mueve como sus versiones de antaño. Quizás es que la violencia se siente más casual y clínica que de costumbre…

… En fin, el momento. Se trata de una escena en donde el jefe mafioso Russell Bufalino (Pesci) y el asesino residente de su operación, Frank Sheeran (De Niro), intentan convencer a Jimmy Hoffa (Pacino) de desistir en sus intentos de volver a la presidencia del sindicato de Transportistas. Hoffa, tan carismático como testarudo, ha insistido en regresar a su posición de líder sindical tras un tiempo encerrado por sus conexiones con la mafia, pero los altos mandos están empezando a irritarse con su negativa a dar un paso al costado. Esta es su última oportunidad y, por supuesto, no la toma. Es demasiado orgulloso para eso. Scorsese filma toda esta secuencia como una pequeña película de terror: Personajes tomando decisiones silenciosas, a vista plena de todos sus amigos y cercanos, que terminarán por destruirlos a todos. Después de esta escena, no habrá vuelta atrás, y el cineasta quiere que lo sepas. Los personajes parecen saberlo, al menos.

Es ahí en donde Scorsese deja en claro que ‘El Irlandés’ no es un retorno más al cine de gángsters que él mismo ayudó a perfeccionar: Es una elegía, y una que no dejará títere con cabeza. La mayoría de los personajes son introducidos con un pequeño texto que indica su fecha y causa (por lo general violenta) de muerte, explicitando que su nueva producción es, más que nada, una historia de fantasmas. En ese sentido la cercanía con el cine de terror es quizás aún más explícita.

El protagonista de ‘El Irlandés’ no es Hoffa, sino Sheeran, el personaje titular que reúne a Scorsese con su musa Robert De Niro por primera vez desde ‘Casino’ (1995), y que probablemente representa la culminación de todas esas legendarias colaboraciones a lo largo de los años. Sheeran es el monstruo más escalofriante que el director haya puesto en pantalla (lo que es bastante decir), y lo es porque aprovecha las mismas cualidades con las que se ha criticado a De Niro desde que empezó a privilegiar comedias simplonas en las últimas dos décadas: Sus ojos somnolientos, su desapego constante, su falta de expresión o sentimiento. Por supuesto que el hombre que más lo conoce en términos artísticos aprovecha estos elementos como un arma: Sheeran es un hombre que ‘solo sigue órdenes’, dice, a tal punto que compara su carrera criminal como su paso por el ejército. Si tiene que quitarle violentamente la vida a alguien, lo hace sin cuestionamientos ni reparos, y conceptos como ‘remordimiento’ o ‘consciencia’ parecen eludirlo, haciéndolo francamente aterrador.

Durante buena parte de su vida, Sheeran se ve entre los liderazgos de Bufalino y Hoffa, polos opuestos en actitud pero símiles en su búsqueda obstinada de poder a toda costa. Pesci, sacado del retiro para interpretar al primero, es la gran subversión de Scorsese en ‘El Irlandés’, convirtiendo a quien alguna vez fue su bestia enjaulada y agente de caos en un pragmático mesurado, implacable en sus decisiones pero cuidadoso en su actuar, un mafioso casi corporativo que privilegia la lógica antes de recurrir a medidas más extremas. Por su parte, en Hoffa, Pacino encuentra el rol que no se le había dado hace décadas, una figura tan mitológica como trágica, cuya ambición sin barreras e incapacidad de reconocer sus derrotas termina siendo su gran perdición (Hoffa, como nos informan apenas lo conocemos, desapareció en 1975. Casi como la encarnación del poema ‘Ozymandias’, fue una pieza clave en la historia estadounidense, de un imperio vasto y poderoso, que rápidamente terminó siendo olvidada por los libros).

Al final la ambición termina siendo la perdición de todos ¿No lo es siempre? En ‘El Irlandés’ pareciera que Scorsese está más preocupado que nadie que sus anteriores clásicos hayan sido interpretados erróneamente como glorificaciones a vidas violentas y glamorosas, desnudando aquí el patetismo inherente de hombrecitos pequeños con bocas grandes, propensión por actos violentos y sed de poder infinita, esos que intentan a toda costa mantener una cuota de control, que se aferran con uñas y dientes a posiciones de privilegio, y que finalmente no tienen nada que mostrar más que una vida de horrores y un final angustiante. La muerte nunca está demasiado lejos en ‘El Irlandés’, un espectro que toma múltiples formas pero cuyo mensaje en cada visita al es el mismo: Trata todo lo que quieras, pero terminarás siendo polvo tarde o temprano.

Sheeran, obvio, es un caso aparte, y quizás el más patético de todos. A diferencia de Bufalino o Hoffa, sus ambiciones son inescrutables. Sus décadas de violencia lo alejan de todo lo que un hombre menos despiadado atesoraría (Anna Paquin, con pocas escenas y aún menos diálogos, es devastadora como la hija que ve directo a través de los ojos negros de Sheeran y reconoce su monstruosidad antes que nadie), pero incluso decrépito y solitario, parece más confundido que arrepentido. Esa es su gran tragedia, ser un hombre incapaz de reconciliar sus propias acciones con sus consecuencias, un tipo sin voluntad propia, que en su ocaso no tiene nada que mostrar más que un conteo de cuerpos y la pérdida absoluta de todos quienes alguna vez le expresaron cierta estima. Es un monstruo y no es capaz de comprenderlo. Peor aún: Ha sido olvidado, a tal punto que puede contar su historia con lujo detalle y a nadie parece importarle demasiado. Todas las películas de Scorsese tienen personajes así, pero nunca antes el cineasta nos había dejado ver de forma más dolorosa el final de la cuerda de estas figuras.

Para un director históricamente obsesionado con nociones de redención, culpa y responsabilidad, la falta de todos estos elementos en Sheeran parece ser el pecado más imperdonable. Lo cierto es que cuesta imaginar un adiós más definitivo del director para todo un género de cine que él mismo ayudó a construir. Es apropiado que ahora lo despida, y de forma más contundentemente triste.

PD: No mencioné casi nada de las 3 horas y media de duración. Se sienten, y son absolutamente necesarias.

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