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Viernes 22 de noviembre de 2019

RESEÑA | Interpol en Chile: De sudor y ternura

La banda neoyorkina demostró una vez más que la consistencia es su principal fortaleza, despachando un set redondo ante un público eufórico.

Por Ignacio De La Maza

FOTO: Carlos Müller

Todo lo que hace de Interpol de las bandas más atractivas de su generación es lo mismo que utilizan sus detractores para apuntar sus presuntas falencias: El álbum debut redondo, la propuesta estética calibrada desde el segundo 1, los trajes impecables, la voz de Paul Banks que hace parecer que todo lo que canta LO-HACE-EN-MAYÚSCULAS, el desapego casi narcótico sobre el escenario… Todo es parte de una fórmula que el conjunto neoyorkino tiene afinada desde su primer día, lo que hace que los no convertidos a su influyente marca de rock seductor, detallista y etéreo los ataquen con la siempre multifacética etiqueta/insulto de ‘predecibles’.

La cosa es que: Qué mierda importa ser predecible cuando tienes tan claro lo que quieres hacer en esta vida como los miembros de Interpol. "Gracias por venir a rockear con nosotros" exclamó Banks cerca del comienzo, y eso fue precisamente lo que hicieron (originalmente escuché 'perrear con nosotros', lo que me pareció igual de apropiado). En su regreso a Chile, su primer show en nuestro país fuera del contexto de Lollapalooza en 8 años, la banda hizo un testamento sobre por qué su consistencia es su gran fortaleza, haciendo de sus mejores canciones himnos que resisten el paso del tiempo y que te arrastran a un mundo de amoríos furtivos, sexo deprimente, dedadencia glamorosa, terror político y drogas que te hacen pasarlo más mal que bien pese a que inexplicablemente las sigues consumiendo de forma compulsiva. 

Ayudó que el público chileno simplemente adora a Interpol: Rara vez el Teatro Caupolicán no fue una caldera de gritos enardecidos de una fanaticada devota, que intercalaba sus expresiones de euforia por Interpol con consignas políticas que daban cuenta del contexto social que vive nuestro país en este momento. De la misma forma en que ‘Turn On The Bright Lights’ (2002) fue interpretado como una respuesta a la fragilidad mental de los Estados Unidos post-9/11 (pese a que el nerviosismo de Paul Banks en ese álbum era más paranoia cocainómana que miedos geopolíticos), el setlist de Interpol sirvió como catarsis para un público que sigue viviendo semanas del terror.

Banks, como siempre, es el hoyo negro amenazador, sensual y decadente que canaliza todas las ideas de Interpol. Solo un tipo con la convicción absoluta de sus ideas puede vender sinsentidos como ‘es muy tarde como para estar tan encerrados en nosotros mismos’ y hacerlo sonar sexy y un poco triste al mismo tiempo. Dirigiéndose al público en perfecto español (vivió en Madrid durante buena parte de su infancia), el frontman expresaba gratitud por la euforia con la que los asistentes respondían a cada gesto de la banda, pero en canciones mantenía esa actitud estoica, imponente, elegante y algo conscientemente ridícula (que no se saque los lentes de sol en todo el show es casi un chiste a estas alturas) que ha mantenido durante décadas y ha provocado que miles de bandas hayan querido emularlo después de la explosión del rock neoyorkino a comienzos del nuevo milenio.

Despojados del contexto de festivales, Interpol funcionó mejor en nuestro país de lo que lo habían hecho en mucho tiempo. Lo que en Lollapalooza se podía confundir con desinterés escénico, en el escenario más confinado del Caupolicán resaltó las fortalezas del grupo como una unidad de mood (a falta de una mejor palabra) impecable. Ayudó que el setlist hubiese sido quizás el más generoso que Interpol haya tocado en este país: Concentrado en sus 2 primeros (y mejores) álbumes, el conjunto despachó clásicos como ‘Obstacle 1’, ‘Evil’, ‘Slow Hands’, ‘PDA’, ‘The Heinrich Maneuver’ y la magnífica ‘NYC’ junto con selecciones elegidas con pinza de la parte más profunda de su discografía, incluyendo la balada/disco infernal de ‘The New’ y el funk lascivo de ‘Narc’. Por su parte, el cierre con ‘Stella Was A Diver And She Was Always Down’ fue un sueño cumplido para muchos fanáticos, mientras que ‘Leif Erickson’ recordó que Interpol puede escribir las canciones más desesperadamente románticas del planeta cuando se lo proponen.

Fue un tanto corto (1 hora y 20 minutos, aproximadamente), pero como todo lo que hace Interpol, también fue preciso: Una banda que siempre ha tenido dominio total sobre sus elementos recordándote que su propuesta es eterna.

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Tags: Interpol