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Sábado 30 de marzo de 2019

Lollapalooza 2019 | Interpol: En su mundo privado

Paul Banks y compañía son ahora veteranos de la industria, pero sus canciones siguen siendo eternas.

Por Ignacio De La Maza

Foto: Nicolás Rojas Castro

De toda la camada de bandas que protagonizaron la ‘resucitación del rock neoyorkino’ a comienzos de los 2000s, ninguna parecía más formada ni con un objetivo más claro que Interpol: Un cuarteto de jóvenes vestidos de impecable traje, imposiblemente cool y con un sonido que encarnaba el lado más seductor y decadente de la vida bohemia en la Gran Manzana.  

Sus detractores aseguran que Interpol se vio atrapado por la propia mitología que crearon en su álbum debut, el aún perfecto ‘Turn Out The Bright Lights’ (2002).  Sin embargo, cuando eres capaz de articular tu identidad de forma tan comprometida y eficiente ¿Para qué cambiarlo? Su regreso a Chile, nuevamente en el marco de Lollapalooza, concretó que la banda liderada por Paul Banks es ahora una veterana de la industria, con un repertorio que habla por sí solo y que integra un show preciso y confiado. 

Si bien vienen presentandoMarauder’ (2018), un disco en donde integraron algo más de distorsión a su prolijo sonido, el set vio a Interpol repasando de forma equitativa sus casi 20 años de carrera, con una fuerte inclinación a sus 2 primeros trabajos. Vestidos de absoluto negro, la banda regaló un espectáculo elegante que, si bien no conjura la desesperación cocainómana de su época de gloria, recuerda que sus canciones son de una fineza impactante, que establecen una atmósfera que solo puede ser asociada a ellos. 

Si algo les jugó en contra, fue el espacio del festival en el que tocaron. Encajados entre Years & Years y Post Malone, el público claramente joven y en espera de Twenty One Pilots escuchó a Banks y compañía con un respeto diplomático, pero sin mostrar mucho interés por canciones de espacios más recónditos en la discografía del trío. 

De cualquier manera, Interpol parece tocar desde su propia realidad, un estado de humor permanentemente enigmático en donde el público es casi un intruso. Puede que ya no sean los salvadores del rock, misma bolsa injusta a la que se metió a The Strokes, pero su lujosa depravación sigue siendo brutalmente efectiva. 

 

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