Sonar FM

Descarga la app de Sonar FM

Click acá para ir directamente al contenido

Viernes 29 de marzo de 2019

Greta Van Fleet en Lollapalooza: ¿Qué importa no ser original?

El cariño demostrado a la emergente banda norteamericana opacó con creces a la voz de sus críticos.

Por Ignacio De La Maza 

FOTO: Juan Pablo Quiroz

Ya, saquemos lo obvio del camino: Greta Van Fleet quiere ser Led Zeppelin. O sea, si ese no es su objetivo, tendría demasiadas preguntas.  Quizás quieren ser Lynyrd Skynyrd también. La ropa y el sonido es una mezcla de ambos, principalmente, un ejercicio que sus detractores más fervientes han aprovechado en cada ocasión para apuntar a la supuesta falta de originalidad de una de las bandas de rock más comentadas de la modernidad.  

La cosa es la siguiente: Al final importa poco. Sí, Greta Van Fleet juega con la versión más clásica posible del blues rock, con ninguna concesión que traicione el concepto central por algo que suene más moderno. Pero quedarse pegado majaderamente en las referencias obvias de su propuesta es ignorar, de forma casi testaruda, las fortalezas claras de la banda: Un cuarteto de jóvenes ridículamente talentosos en sus instrumentos y con una clara pasión por lo que hacen. 

Puede que no sean muy originales, pero ver a miles de personas emocionadas y cantando a todo pulmón las canciones de un grupo cuyos miembros van entre los 19 y los 22 años es impresionante. En una era en donde el rock parece tener problemas para despertar sentimientos masivos de comunión, Greta Van Fleet une a las personas de una forma que hace harto que no se apreciaba en un grupo con solo un álbum de larga duración. 

Los hermanos Kiszka emanan un carisma y una confianza que ya se la quisieran personas del doble de su edad. En particular Josh, el vocalista de voz calcada a un joven Robert Plant, no deja de ser encantador en su absoluta falta de preocupación por verse cool: Su cara se distorsiona de maneras hilarantes cuando alcanza las notas más altas, y su expresión siempre tiene una mezcla de bravura e incredulidad ante la marea de personas que le dedican adoración. La banda lo acompaña demostrando un manejo absoluto de sus instrumentos, despachando ese virtuosismo deliciosamente indulgente que es difícil apreciar hoy en día.  

¿Apreciamos el arte solo por su frescura y originalidad o por la capacidad que tiene de provocar emociones fuertes y viscerales? En el segundo caso, Greta Van Fleet pasa la prueba (que, seamos honestos, probablemente les importa un carajo) con creces.  El público se ve feliz; la banda se ve feliz. Se siente como una consagración entre músicos que quieren tocar lo que les gusta y fanáticos receptivos a entregarse a ello. Cuando todo está dicho y hecho, la banda se retira con una ovación que dura varios minutos.  La historia de Greta Van Fleet está recién empezando a escribirse, y quién sabe si finalmente se gradúan como héroes del rock moderno o quedan como una nota al pie. En vez de andar haciendo futurología, podemos disfrutar el presente. Qué tanto si suena como el pasado.

SEGUIR LEYENDO