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Viernes 11 de noviembre de 2016

Adiós a Leonard Cohen, el trovador de lo humano

"La muerte sonaba como una vieja conocida, alguien con el que Leonard se juntaba regularmente para ponerse al día"

Por Ignacio De La Maza

"Mis amigos se han ido y mi cabello es gris, y me duele en los lugares en donde solía jugar". Perfectamente podría haber sido esa la reflexión de Leonard Cohen en ese fantástico perfil publicado por el New Yorker en octubre, en donde el canadiense reflexionaba cándidamente sobre su mortalidad de cara al lanzamiento de You Want It Darker, el disco que editó a finales del mes pasado. Sin embargo, esa línea no fue ingeniada por el veterano músico a sus 82 años, la edad en donde finalmente perdió la vida, sino que a los 53, como frase de apertura de Tower Of Song. El detalle es revelador: Leonard Cohen cantó casi toda su vida sobre la inevitabilidad de la muerte y la fragilidad del cuerpo humano. Quizás eso hacía que, incluso con su voz nasal, monótona y baja, todo lo que salía de su boca sonara tan urgente y, más importante, verídico.

Sin embargo, la muerte ante los ojos de Cohen nunca fue una fascinación macabra (como lo es en el caso de Nick Cave) o un universo enigmático (como la proponía David Bowie). En la poesía del hombre (porque todo lo que hacía Cohen era poesía, fuese escrita o cantada), la muerte sonaba como una vieja conocida, alguien con el que Leonard se juntaba regularmente para ponerse al día, a veces a discutir firmemente sobre temas que los encontraban en desacuerdo, pero siempre con mutuo aprecio y admiración. Esa muerte con la que coqueteaba sardónicamente en Tower Of Song, la que vaticinaba con un cierto grado de jovial malicia en la apocalíptica The Future, o la que recibía con el vaso de Johnny Walker lleno en Closing Time, quizás incluso la que lo trataba de 'un bastardo flojo que vive usando traje' en Going Home y a la que le decía proféticamente 'estoy listo, Señor', en el tema titular de su último trabajo.

En el cancionero de Cohen, la muerte era una sola con la fe, Dios, el amor y el sexo: Una búsqueda constante por la trascendencia a través de los significados carnales y espirituales. Esa misma búsqueda lo llevó a buscar en las mujeres (de las cuales canta cándidamente en su obra), las drogas (el LSD era una de sus actividades favoritas en su juventud) la religión y la filosofía (adoptó las enseñanzas del Zen y fue ordenado monje budista a los 60 años). Quizás por eso es que nadie ha sido capaz de cantar sobre la vida y su eventual desenlace de una manera tan sensual e invitante como lo hacía este sujeto (Nota de la redacción: En verdad ningún hombre ha logrado sonar tan ridículamente sexy en la historia de la música como Leonard Cohen. Punto). Uno podía empatizar cuando Cohen decía que Hallelujah, su composición más famosa, debería ser dejada descansar tras el sinfín de covers que le han seguido (ninguno superando el poder de la original, aunque John Cale se acercó), pero no es difícil entender por qué la canción resonó tanto con tantas personas: Es a su vez una declaración de fe inquebrantable, un cuestionamiento profundo a la naturaleza de la religiosidad, una canción de amor, una sobre corazones rotos y una sobre el fin de los tiempos. El hecho de que todos puedan encontrar algo dentro de sus letras habla de la genialidad de la prosa de Cohen. El hecho de que se haya demorado 6 años en componerla y haya escrito 80 versos (la mayoría de los cuales fueron descartados), habla aún más de su carácter prolífico.

Pero Cohen era mucho más que Hallelujah: Suzanne debe ser la mejor canción de amor de todos los tiempos (o cerca), Bird On The Wire nunca falla en sacar una lágrima, Chealsea Hotel (en contraste a Suzanne) debe ser una de las declaraciones de amor más crueles en la historia, Famous Blue Raincoat es desesperante en su calmada tristeza, First We Take Manhattan debería ser un himno de la pista de baile, Closing Time un himno de bar a las 3 am cuando el alcohol te hace sentir malditamente invencible, I'm Your Man revelaba que nadie podía competir con el tipo en cuanto a seducción, Anthem es la canción que siempre te va a levantar en momentos oscuros y composiciones recientes como Come Healing, You Got Me Singing y Treaty son algunas de las reflexiones más complejas que se hayan hecho sobre la fe en la historia de la música. El hecho de que el tipo haya cantado todo esto saltando de folk a flamenco a pop de sintetizadores a country y música barroca lo hacen un camaleón casi digno de Bowie. Es difícil escribir sobre Leonard Cohen, no solo porque su música significa tanto para mí, sino que porque el hombre siempre se expresó de manera tan elocuente que cualquier palabra que se diga de él va a inevitablemente palidecer en comparación. Esto puede hacer sonar como que su trabajo era académico y clínico, pero nada está más lejos de la verdad: La prosa de Cohen era expresiva, ingeniosa, profundamente reflexiva, emocionalmente devastadora y, quizás de manera más subvalorada, frecuentemente hilarante. Todo el respeto Bob Dylan, pero firmemente creo que nadie en la historia de la música ha utilizado el lenguaje de una forma más fascinante y completa que Leonard Cohen.

Apropiadamente, la propia vida de Cohen es mitológica, mundana y algo tragicómica: Un poeta canadiense que, acercándose a los 40 años, decide emprender una carrera musical en búsqueda de éxito comercial. Aprende unos cuantos acordes en guitarra flamenco y de la noche a la mañana es alabado como uno de los mayores trovadores de su generación. La relación con su éxito es turbulenta, provocándole una ansiedad que ahoga en alcohol, mujeres y alucinógenos, sin nunca perder esa compostura señorial que tuvo inexplicablemente desde joven. Cuando por fin alcanza el verdadero éxito comercial y es considerado un veterano de la industria, el hombre le dice adiós a todo y se retira para convertirse en Monje Budista. Eventualmente regresa en el nuevo milenio con algunos trabajos, pero parece que su despedida definitiva es inminente. Cuando se dispone por fin a disfrutar de su legado, su mánager le roba todos sus ahorros, obligándolo a pasar sus últimos años de gira y sacando algunos de los mejores discos de su carrera.

Al igual que con Bowie, al igual que con Prince, doy gracias por haber existido en la misma época que Leonard Cohen. Su elocuencia y expresividad ayudaron a darle orden y sentido, o por último algo de compañía, a un mundo que frecuentemente puede resultar aterrador en su caos. Su música incluye las reflexiones más honestas que haya escuchado sobre el amor, el corazón quebrado, la naturaleza conflictiva de creer en algo más grande que uno y sí, la posibilidad de que todo termine de un momento a otro. Leí algún lado que describían a Cohen como 'el trovador de la tristeza', pero creo que 'trovador de lo humano' sería más justo para describir su trabajo: Todos podemos encontrar en las letras de Leonard Cohen algo que hable casi de manera exacta sobre nuestra experiencia personal. En mi egoísmo, estoy devastado por su partida, pese a que sus 82 años estuvieron llenos de triunfo. Pero el hombre estaba listo: No solo lo dijo literalmente en You Want It Darker, también lo confesó en lo que es ahora ese legendario perfil del New Yorker: "Tengo algunas cosas que hacer, preocuparme del negocio. Estoy listo para morir. Espero que no sea muy incómodo", admitió en esa entrevista, la misma en donde rompió los corazones de medio mundo al reconocer que la muerte reciente de su ex pareja, Marianne Ihlen (sí, la misma de So Long Marianne) lo había llevado a ponerse en paz con la idea, incluso escribiéndole a su antigua musa antes de que la vida se la quitara: "Marianne, llegamos a este punto en el que somos tan viejos que nuestros cuerpos se desmoronan y creo que yo te voy a seguir muy pronto. Estoy tan cerca detrás tuyo que si estiras la mano, creo que puedes alcanzar la mía".

Solo días después de ese artículo, Cohen bromearía con que todo fue dicho en tono melodramático y que pretendía vivir hasta los 120. El viejo zorro probablemente sabía que era mentira, sabía que sus días estaban contados (parafraseando su canción The Darkness del 2012), y sabía que esas palabras de consuelo no fueron dichas al azar. Tal como preparó a Marianne, también nos preparó a nosotros antes de irse para encontrar esa trascendencia que tanto buscó durante su vida, una que probablemente entendió que no encontraría en la Tierra. Finalmente, cuando pienso en su partida, me quedo con la inmortal frase que abre Bird On The Wire: "Como un pájaro sobre un cable. Como un ebrio en un coro de medianoche. He tratado, a mi manera, de ser libre". Amén, Leonard, Amén.

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