RESEÑA SONAR | Green Day en Chile: Volver a los 14

13/11/2017

RESEÑA SONAR | Green Day en Chile: Volver a los 14

El trío californiano descargó una avalancha de hits sobre un público que vibró cada minuto de las 2 horas y media de show.

Por Ignacio De La Maza

Fotos: Juan Pablo Quiroz

La crítica más mezquina que los detractores de Green Day le hacen a la banda es que se trata de música ‘adolescente’, pop punk de corte supuestamente liviano y espíritu generalista que cautiva a los corazones melodramáticos de los más jóvenes y deja indiferentes a los ‘adultos’. Al igual que U2, una banda a la que Billie Joe Armstrong y los suyos emulan en grandilocuencia si no en estilo, el trío californiano ha tenido que soportar una creciente ola de críticos a medida que su popularidad se hacía más y más absoluta. Y sí, al igual que los irlandeses, los dardos que recibe la banda son generalmente lanzados por personas que ignoran absolutamente el fondo del asunto: Green Day no es una banda adolescente, pero sí es una que te hace sentir como tal, y se me ocurren pocas formas más trascendentes de presentar tu música.

El público que llegó a reencontrarse con el grupo al Estadio Bicentenario de La Florida (¿Hace cuánto no se hacía un concierto de alta convocatoria ahí? ¿Faith No More?) era variado en rango etario (con alta presencia incluso de niños; es señal de vigencia que una banda sea capaz de cautivar a nuevos fanáticos), pero una vez que comenzaron a sonar los primeros acordes de ‘Know Your Enemy’, todas las individualidades y trasfondos diversos se fusionaron en una sola masa de euforia, sentimiento y energía. Ustedes saben, esa sensación de cuando uno tiene 14 años y todo se siente como que te estás jugando la vida.

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Da gusto ver a Armstrong, un tipo que no ha tenido la década más fácil (entró a rehabilitación por abuso de sustancias poco después del lanzamiento de 'Uno!’, ‘Dos!’ y ‘Tré!’ en el 2011, por lejos los peores discos que haya sacado Green Day), con un renovado espíritu sobre el escenario, frecuentemente frenético mientras aprovecha la devoción absoluta de su público para elevar el repertorio de su banda a niveles explosivos. El tipo se sabe el manual del rock de estadios de memoria, pero lo aprovecha de forma tan efectiva que es difícil discutirle cuando está haciendo que 25.000 personas hagan lo que al frontman se le antoje, desde emular los clásicos cánticos onomatopéyicos hasta subirse a cantar con él (un fan particularmente entusiasta le robó hasta un beso, quedándose con su guitarra de paso).

En dos horas y media, Green Day desplegó un arsenal de hits que harían sentir joven hasta al más escéptico. ¿Cómo ignorar que ‘Boulevard Of Broken Dreams’ te transporta inmediatamente a la era en donde ‘American Idiot’ era un disco inescapable? ¿O que ‘Basket Case’ es probablemente una de las canciones más pegajosas que se hayan escrito acerca de los efectos paralizantes y devastadores de la depresión? ¿O que ‘She’ es un himno tan efectivo que ni te das cuenta cuando tienes el puño en el aire? El trío (aumentado por un tecladista, otro guitarrista y el inesperadamente frecuente saxofón) tiene canciones de sobra para mover a la masa durante todo el concierto, y en ningún momento te sientes tentado a mirar la hora. Incluso los temas de ‘Revolution Radio’, el disco sólido pero poco sorpresivo que la banda editó en el 2016, suenan como pequeños clásicos cuando tienes a cientos de personas cantándolos como si fuesen cortes del ‘Dookie’. Cuando Armstrong llama a dejar los teléfonos y las redes sociales se puede sentir como un cliché, pero efectivamente es difícil hacer otra cosa cuando te están brindando un espectáculo tan puro. Solo queda mirar al escenario, saltar y cantar como si nadie estuviese mirando.

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Y es que es imposible no contagiarse de la energía: Armstrong no deja de moverse y gritar durante todo el show, su cara juvenil escondiendo de forma casi perturbadora sus 45 años, mientras que el bajo de Mike Dirnt sigue siendo el más corpulento e imperante que se haya escuchado en el punk desde Paul Simonon de The Clash. Mientras tanto, Tré Cool sigue siendo lo máximo, una presencia escénica excéntrica e impredecible que le da a Green Day su motor principal. No cambies nunca, Tré.

Hay algo paradójico en esa sensación de juventud que inspira Green Day: Es probable que casi ninguno de nosotros esté dispuesto a tener 14 años de nuevo (en serio, ni aunque me pusieran una pistola en la cabeza), pero hay algo dulce en recordar esos sentimientos con algo más de madurez como para procesarlos de mejor manera. No sé ustedes, pero yo tenía 14 años cuando ‘American Idiot’ se convirtió en el álbum más comentado de la temporada. Por supuesto, en el momento lo odié: Rechazar lo que todos estaban escuchando me hacía sentir con un cierto (y evidentemente mal enfocado) status, dando argumentos tan mediocres como que su ‘popularidad’ le quitaba valor de alguna forma, o que la música sonaba demasiado ‘adolescente’. Por fortuna, maduré (algo). Quizás lo único que se necesita para disfrutar la música como si fueses un adolescente es madurar un poco. Y Green Day sigue siendo la banda perfecta para eso.

PD: En serio, Tré, no cambies nunca.

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